Hace unas semanas me propuse un ejercicio: puntuar un catálogo editorial del 0 al 10, donde 0 es esto se automatiza solo y 10 es esto es imposible. La idea me parecía sensata. Diez colecciones de libros, treinta revistas, décadas de matrices de diseño acumuladas: parecía razonable ordenar el problema antes de discutirlo.
La escala estaba mal. Y estaba mal de una manera que vale la pena mirar despacio, porque el error es exactamente el mito que quiero desarmar.
1. Dos unidades en la misma regla
Del 0 al 9, la escala mide horas. El 10 no mide horas: mide otra cosa. «Muchísimo trabajo» e «imposible» no son puntos vecinos de un continuo. El esfuerzo es continuo; la posibilidad es binaria. Una regla que va de «fácil» a «imposible» pasando por el medio esconde el salto justo donde está la única decisión que importa.
Y si uno reordena la escala para que el salto quede visible, aparece que el eje verdadero no era el esfuerzo. Era otro, más incómodo:
¿Hay regla o no hay regla?
Un producto editorial es imposible de automatizar si —y solo si— su diseño no tiene algoritmo. Si el diseñador toma una decisión fresca por página, o por objeto, que no es derivable del contenido. Ahí no hay herramienta que valga, ni ahora ni nunca, y no es una carencia de la herramienta: es que no hay nada que automatizar. Una decisión no reglada no es una regla difícil de escribir. Es una no-regla.
Todo lo demás es costo. Y «no sabemos cómo se hace esto en LaTeX» es un 6 con un problema de formación, no un 10.
2. La intuición apunta al lado equivocado
El margen óptico —esa corrección por la cual la coma y el punto sobresalen apenas del bloque de texto para que el borde parezca recto— es probablemente el refinamiento tipográfico que más «diseño caro» comunica. Gutenberg lo hacía a mano. Los manuales lo tratan como una sutileza de iniciados.
En mi preámbulo son cuatro líneas:
\SetProtrusion
[ name=libertinus ]
{ encoding = * }
{ . = {50,50}, , = {40,40}, - = {30,30}, " = {50,50}, ( = {40,50}, ) = {50,40} }
Cuatro líneas, gratis, para siempre, en todos los libros. Y con más control del que da la función equivalente de InDesign.
En cambio, la grilla de línea base sostenida a través de flotantes —que a un no tipógrafo le suena a nada— es un pantano. El texto que rodea imágenes de contorno irregular, también. La colocación por pliego, también.
Es decir: la complejidad visual no predice la dificultad. La intuición falla, y falla en las dos direcciones. Cosas que parecen imposibles son gratis; cosas que parecen triviales son pozos sin fondo. Quien puntúe un catálogo de memoria va a errar con seguridad, que es la peor manera de errar.
3. La aritmética de la página
Cuando por fin hice el ejercicio con datos en vez de con intuición, el resultado me dio vuelta la predicción.
Yo esperaba que las revistas fueran lo fácil. El artículo académico es el objeto más reglado que produjo la humanidad: estructura fija, aparato normalizado, formato que los indexadores imponen desde afuera. Y esperaba que los libros fueran lo difícil, por únicos.
Es al revés. Las revistas son lo problemático. Los libros, no.
El mecanismo no es cultural. Es aritmético.
Un artículo tiene veinte páginas. Veinte páginas caben en la atención de una persona en una tarde. Un diseñador puede enriquecer cada doble página, tomar una decisión nueva en cada una, y el trabajo cierra. Trescientas páginas no caben en ninguna tarde. Obligan a decidir una vez, al principio, y ejecutar.
El libro es más automatizable porque es más grande. La extensión fuerza la regla. No hay virtud en el medio, ni disciplina, ni cultura: hay economía.
Y de ahí sale la inversión completa. La revista parece más industrial —tiene periodicidad, ISSN, número, fascículo, indexadores que exigen normalización— y es artesanal en el nivel de la página. El libro parece más artesanal —objeto único, tirada, tapa, lomo— y es industrial en el nivel de la página.
La periodicidad de la revista está en el contenedor, no en la página. Nadie mira ahí, porque el contenedor es lo que se ve.
4. La colección es la prueba
Si alguien me dice que el diseño de su colección es un 9, tengo una sola pregunta:
¿Cómo hacés para que sesenta libros al año salgan iguales?
Una colección es, por definición, un conjunto de libros con el mismo diseño. Si no hay regla, no hay colección: hay seis libros que comparten un logo. La estructura misma de un catálogo —el hecho de que se organice en colecciones, y de que las colecciones tengan identidad reconocible a diez metros en una mesa de novedades— es la prueba de que la reglamentación ya existe y ya se sostiene, a razón de decenas de títulos por año, durante décadas.
O hay regla, o no hay consistencia. Y la consistencia la reclaman ellos.
Acá hay que conceder algo, y conviene hacerlo antes de que lo reclamen: la plantilla .indd es la regla, encarnada. Ese archivo es un cuerpo de conocimiento tipográfico real, decantado durante años, que funciona. Nadie está diciendo que la regla no exista.
La discusión no es si la regla existe. Es si se puede volver a expresar en otro medio. Y esa pregunta es infinitamente más chica, y es técnica, y no toca la identidad de nadie.
5. Lo que en realidad se discute
Acá viene la parte que no esperaba.
Cuando pregunté a editores por las revistas problemáticas —por qué ahí no había regla—, la respuesta no fue sobre diseño. Fue:
«Otorgamos licencias al diseñador para enriquecer la página».
Esa es una frase sobre la institución, no sobre el objeto.
En los libros no hay licencia porque nadie la otorgó. En las revistas hay licencia porque alguien la otorgó. Por mi propia definición, esos artículos son 10 genuinos: decisión fresca por página, no derivable del contenido, sin algoritmo. Pero es un 10 que la institución fabricó y que la institución puede revocar. No está en el objeto. Está en el permiso.
Un imposible que depende de un permiso no es un imposible: es una decisión editorial.
Y las decisiones editoriales tienen respuesta legítima en cualquiera de los dos sentidos. Pero son decidibles, que es exactamente lo que un 10 verdadero no es.
Entonces la pregunta deja de ser «¿esto se puede automatizar?» y pasa a ser «¿queremos seguir otorgando licencia de diseño por artículo?». Que es otra pregunta, se contesta en otra mesa, y no la contesta el que hace la herramienta.
Hay una capa más abajo, y es la que explica todo. La licencia existe porque el departamento de publicaciones no es dueño de las revistas: son de los institutos, con sus comités, su autonomía y su historia. El departamento es un proveedor de servicios, no un jefe. La licencia de diseño es la forma en que esa soberanía se manifiesta en la página.
Lo que parecía una discusión sobre tipografía es una discusión sobre quién manda. Nunca fue otra cosa.
6. Identidad o firma
Hay un test que separa las dos cosas, y se hace con material que ya existe:
Poner dos números de la misma revista separados por tres años, con distintos artículos, y preguntar si el enriquecimiento es comparable.
Porque todo el pedido de preservar «la identidad visual construida durante años» supone que la identidad existe y que es de la revista. Si cada artículo se enriquece según el juicio del diseñador ese día, lo que hay no es identidad de la revista: es firma del diseñador.
Son cosas distintas y solo una es un activo institucional. La firma se va con la persona. La identidad, no.
Hay una versión más corta del mismo test: si el mismo artículo lo maquetara otro diseñador, ¿saldría distinto? Si sale igual, hay regla y está sin escribir. Si sale distinto, no hay regla.
7. El tipógrafo tiene razón
Todo lo anterior se puede leer como una acusación de indisciplina, y sería un error de lectura grave.
Un tipógrafo serio no es antirreglas: es obsesivo de las reglas. Tiene cientos internalizadas —grilla, jerarquía, viudas, huérfanas, ritmo vertical, partición, el ojo de la fuente en el cuerpo justo— y las aplica con una consistencia que ningún programa iguala. Lo que llamamos «tener la cultura página en el ADN» no es la ausencia de norma: es norma internalizada al punto de que ya no se enuncia.
Lo que defienden no es el caos. Es la última decisión, y que la regla sea suya. Eso es legítimo, y no es lo que se está pidiendo.
Lo que se pide es más chico y más raro: que la regla se escriba. Y ahí hay un argumento que a alguien con la página en el ADN le pega donde vive:
El .indd es el lugar donde el conocimiento de diseño va a morir.
Cuando esa persona se jubila, la identidad de la colección se termina. Queda un archivo que se puede copiar pero no entender: un registro de decisiones, no de reglas. Nadie va a poder responder por qué. Solo van a poder repetir.
Escribir la regla no es someter el diseño al programa. Es la única forma de que la identidad sobreviva al diseñador.
8. Ochocientos libros, un preámbulo
Hasta acá esto podría leerse como el reclamo de alguien que mira desde afuera. No es el caso, y la parte más incómoda del argumento es la que me toca a mí.
Edito libros de historia y sociología desde hace treinta años. Los compongo en LaTeX. Llevo más de ochocientos títulos con el mismo preámbulo: un archivo de 866 líneas que cubre desde una monografía hasta una obra colectiva con seis autores por capítulo, tres índices y glosario de siglas.
Lo que hago en cada libro nuevo no es agregar. Es decidir qué no uso.
Nunca lo había mirado con esa pregunta hasta hace poco. Cuando lo hice, el resultado me sorprendió más de lo que quiero admitir.
De 866 líneas, unas 16 son semánticas: marcan qué es algo. Un capítulo con subtítulo. Un epígrafe con su atribución. Un autor de capítulo. Un término de índice. Una sigla. Una cita.
Las otras 850 son tipografía. Geometría, fuentes, protrusión, penalties de viuda y huérfana, formato de títulos, cabeceras, notas al pie. Todo eso vive en el render y no dice nada sobre el texto.
El vocabulario semántico de ochocientos libros son cuatro o cinco marcas.
No cuarenta. No cuatrocientas. Cuatro.
Y hay algo más. Toda la parametrización que creía tener en la cabeza estaba escrita, hace años, en el archivo. Son las líneas comentadas:
%\def\estandar{veronaC}
\def\estandar{veronaM}
%\def\estandar{VerboseIbid}
%\def\estandar{APA}
%\def\estandar{ISO690}
%\def\estandar{numeric}
Siete opciones, una descomentada. Hace treinta años que mantengo una matriz de configuración declarativa comentando y descomentando líneas, sin haberla llamado nunca así.
Yo también tengo licencia. TeX me la da completa: puedo hacer cualquier cosa en cualquier libro y nadie me lo va a impedir. La tengo hace treinta años y no la ejerzo. Elijo de un repertorio cerrado, libro tras libro, sin que nadie me lo pida.
La disciplina que estoy discutiendo con un departamento de diseño ya me la impuse yo, hace décadas, sin nombrarla. La diferencia no es que ellos tengan licencia y yo no. Es que la mía está escrita y la de ellos está en la cabeza de una persona.
9. Un registro de concesiones
Hay un detalle de mi preámbulo que me obligó a repensar todo lo anterior.
Tengo una macro que compone un número centrado entre dos líneas cortas. Sirve para capítulos donde el autor divide el texto con ordinales sueltos: viene 3.2 con su título, después un «1» centrado, párrafos, un «2» centrado, más párrafos, y después 3.3. Sin títulos, en paralelo con la jerarquía normal, dos sistemas de división corriendo al mismo tiempo.
Esa macro no es una decisión estética mía. Es una concesión. Un autor escribió así, no podía mandarlo a reescribir, y absorbí la forma.
Mi preámbulo no es un diseño. Es un registro de absorciones.
Y ahí está la diferencia con la edición comercial que nadie dice en voz alta. Una editorial grande reescribe el libro entero y el autor se calla. La edición académica no tiene ese poder: tiene el inverso. El autor tiene cátedra, tiene obra, y la forma del texto es parte de su argumento. El editor presta un servicio.
Un sistema editorial académico no puede imponer forma. Tiene que absorberla.
Lo cual parece destruir todo el argumento —si cada autor escribe como quiere, ¿cómo va a cerrar un vocabulario finito?— y en realidad lo confirma.
El vocabulario cierra no porque los autores sean disciplinados. Cierra porque las idiosincrasias se repiten. Un autor inventa una división numerada sin título; el siguiente también; el tercero también. Se absorbe una vez y queda para siempre. La cola larga converge. Ochocientos libros son la prueba de que convergió.
Mi preámbulo es una etnografía de cómo escriben los académicos, escrita en TeX durante treinta años. Solo que nunca la leí como tal.
10. Lo que se pierde
Y sin embargo hay una pérdida real, y sería deshonesto no nombrarla.
En LaTeX resuelvo un problema para un libro en tres líneas de preámbulo. Nadie se entera, no hay deuda, funciona, el libro sale. En un sistema de fuente única eso es imposible: toda solución tiene que ser un ítem de vocabulario declarado, registrado y propagado a cada salida. Seis lugares en vez de tres líneas.
El sistema prohíbe lo irrepetible.
Esa es la pérdida, y es exactamente la misma que le voy a pedir al departamento de diseño. Lo cual está bien: por lo menos sé lo que se siente antes de pedirla.
Y toda la apuesta descansa sobre una sola proposición, que no es teórica: que el repertorio sea finito. Si cada libro necesita algo nuevo de verdad, el sistema está mal y no hay argumento que lo salve. Si el repertorio cierra, funciona.
11. Lo que no sé
Para mi catálogo, ochocientos libros dicen que cierra. Pero eso es evidencia, no demostración, y es evidencia de un solo sello, con un solo editor, en un dominio acotado.
No sé si cierra para diez colecciones y treinta revistas de una editorial universitaria. Nadie lo sabe, porque nadie hizo la cuenta. Y la cuenta no se hace discutiendo: se hace abriendo un directorio y contando cuántas veces se repite cada forma.
Lo que sí sé es que la pregunta que se está haciendo no es la correcta. No es si el diseño es complejo. Los diseños complejos suelen ser los más reglados, precisamente porque la complejidad sostenida a lo largo de sesenta títulos por año solo se sostiene con norma. La pregunta es si es irregular. Y son cosas distintas.
Lo complejo se automatiza. Lo irregular, no.
Y lo irregular casi nunca es una propiedad del diseño. Es una propiedad de la relación: quién otorgó permiso, quién tiene poder sobre quién, qué se puede pedir y qué no. La tipografía es apenas la superficie donde eso se hace visible.
Por eso la discusión sobre normas y libre albedrío no se gana con argumentos técnicos. Se gana —o no— el día que alguien enuncia la regla en voz alta y descubre que la sabía.